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Olvida el móvil, lo importante son las apps

Velocidad de procesador, memoria RAM, capacidad de almacenamiento, tamaño y resolución de la pantalla…

Algunas de los elementos anteriores nos recuerdan bastante la guerra de especificaciones técnicas que, hace años, los fabricantes de ordenadores ofrecían al consumidor para intentar que éste se decantase por su producto.

Lo mismo está sucediendo en la actualidad con los teléfonos móviles: los fabricantes han comenzado una auténtica batalla de especificaciones para diferenciar sus productos (más grande, más ligero, más rápido, mejor pantalla…)  y, sin embargo, la capacidad de proceso está empezando a alcanzar niveles que, seguramente, colman de sobra las expectativas del consumidor, la memoria interna (normalmente 16, 32 ó 64 GBs) es más que suficiente para almacenar apps, documentos, vídeos, fotos, música, etc.

¿Qué sucederá cuando apenas quede margen de mejora y los móviles se igualen en prestaciones?

En ese momento serán las apps (aplicaciones) las que centren la atención del consumidor porque, son éstas, las que realmente nos permiten exprimir el teléfono.

Piénsalo bien: el teléfono móvil que llevas en el bolsillo se ha convertido en toda una “navaja multiusos” que ha dejado atrás linternas, cuadernos de notas, cámaras de fotos, agendas, libros del bolsillo, CDs/DVDs, consolas de videojuegos y un largo etcétera…

Miles de apps esperan ahí fuera

Miles de apps te esperan ahí fuera

¿De qué te serviría ese teléfono inteligente sin ellas?, ¿qué es lo que distingue un terminal de otro?

Está claro que puedes tomar fotografías con la cámara de tu teléfono pero…¿con que app las editarás? Y lo que es más, ¿con qué app las compartirás con tus amigos?. Vayamos más allá, ¿cuántos terminales se habrán vendido por el mero hecho de poder disfrutar del famoso juego Angry Birds o del programa de mensajería WhatsApp?

Parece una tontería pero pocas veces nos paramos a pensar que, a la hora de elegir un teléfono móvil, seguramente la posibilidad de usar ciertas aplicaciones y servicios tengan un peso determinante en nuestra compra.

No estoy hablando únicamente de juegos o edición de imágenes, sino de toda una serie de servicios que nos ofrecen la posibilidad de mantener sincronizados nuestros contactos, agenda, fotos, documentos, vídeos, etc. entre nuestros dispositivos o, simplemente, mantener una copia de seguridad de todo lo anterior.

Porque, sinceramente, ¿qué te causaría un mayor trastorno?, ¿perder tu teléfono móvil o las fotos de tus hijos, tu agenda de contactos o los documentos del trabajo?

(Pablo)

Se acabó el chollo

El anuncio realizado ayer por Spotify a sus usuarios del servicio abierto, limitar a cinco el número de veces que puede escucharse una canción y el tiempo total de escucha a diez horas mensuales, viene a confirmar el oscuro panorama que espera a los internautas en un futuro más que inmediato: se cierra el grifo de las descargas gratuitas (la ley Sinde estará plenamente “operativa” al final del verano), los servicios “gratuitos” ya no lo son tanto y, el resultado de todo ello, será el retorno a esa vieja costumbre de pagar por los contenidos. ¿Os acordáis cuando comprabais música o ibais más al cine?

En alguna entrada anterior de este blog ya comentaba que este cambio de escenario era previsible y necesario. Estos años hemos ido viendo como cerraban videoclubs (¿recordáis Blockbuster?), tiendas de venta de música e informática, cines… Mucha gente se ha ido al paro mientras los internautas, amparados por la legislación, descargan gratuitamente y sin ánimo de lucro (la mayoría) temas musicales, películas y software.

No es que yo no forme parte de esa inmensa mayoría pero la situación llegó a un punto en que se hizo patente que la legislación debía cambiar. ¿En base a qué derecho puedo ver una película gratuitamente en mi ordenador el mismo día de su estreno en el cine?. No me cabe duda que a las salas de cine les ha costado un dinero alquilar la película pero, en vez de amortizar total o parcialmente ese gasto (por no hablar de obtener beneficios), se encuentran con que, año tras año, sus ingresos han ido menguando por la comodidad que supone encender el ordenador, descargar (o ver online) la película y disfrutar de ella en nuestro sofá favorito. El resultado de lo anterior supone, como mínimo, un ahorro de siete euros.

Si voy al teatro, al fútbol, a un concierto, etc. pago religiosamente la entrada. ¿Por qué no hago lo mismo con el cine, software o música?

Podríamos entrar a discutir acerca del precio del cine (caro para lo que ofrecen), de la música (más caro aún por una calidad/cantidad más que dudosa) o de los libros (hasta los denominados libros electrónicos me parecen caros, ¿donde se quedó el ahorro de la encuadernación, distribución, etc.?) pero pensemos en que lo siguiente se hace realidad: se “cierra el grifo” y nos vemos obligados a pagar por los contenidos. ¿Cree la industria musical y cinematográfica, anclada en un modelo de negocio arcaico, que con la situación que vive el país (tasa de paro juvenil del 43,5%, tasa de paro del 20% de la población en edad de trabajar) alguien se puede permitir ir todos los fines de semana al cine o pagar CDs de música a 20€?

Soy consciente de que la legislación anterior a la ley Sinde “espantaba” a empresas de contenidos del tipo Netflix que, en EEUU, ofrece por unos 7,99 dólares al mes  películas y episodios de series que puedes ver en tu televisión o en tu ordenador. Cuando Apple lanzó su Apple TV en España, muchos dudábamos que el gigante norteamericano llegase a ofrecer películas en nuestro país. ¿Por qué? Muy sencillo, no es rentable ofrecer contenidos que nadie comprará cuando pueden adquirirlos gratuitamente amparados por una legislación que defiende escasamente los derechos de autor.

A todos nos gusta escuchar música gratis en Spotify pero, si realmente nos gusta tanto, ¿por qué no pagamos 5€ al mes por poder escuchar toda la música que queramos y más? ¿por qué nos sienta mal que Spotify limite el servicio abierto que nos venía ofreciendo? Nos hemos acostumbrado a la “barra libre” de contenidos y al “yo me lo descargo, ahorro y disfruto”. La música en Spotify no es gratis, sus inversores vienen pagando por ofrecernos el servicio abierto (gratis pero con publicidad cada cierto tiempo) pero, llegado un momento, quieren recuperar su inversión y eso sólo lo pueden hacer cobrando por el servicio. Hace poco que han llegado al millón de usuarios de pago, ¿tanta gente se ha equivocado? Pensad que cinco euros es menos que lo te cobrarán por una copa o el equivalente al precio de dos revistas…

El escenario ideal sería aquel en el que todos paguemos por los contenidos un precio justo, ¿llegará? Llamadme pesimista pero, por ahora, lo veo complicado. Tengo claro que el chollo se acaba y que pagaremos, lo del precio justo…

(Pablo)